Porque hay una fiesta.
Porque hay una fiesta (la historia detrás de la canción)
Hay reencuentros que Dios guarda para el momento justo.
Con José nos conocimos de jóvenes, en esos años en que la fe se vivía cantando. Compartimos horas y horas de alabanza, de guitarra, de charlas que se estiraban hasta cualquier hora. Y como pasa tantas veces, la vida nos fue llevando por caminos distintos. No hubo pelea, no hubo un quiebre: simplemente, sin darnos cuenta, los años nos fueron alejando.
Pasó mucho tiempo. Hasta que hace muy poco, casi cuarenta años después, nos reencontramos por Facebook. Al principio fueron mensajes, después una charla, y finalmente los planes se hicieron realidad: nos juntamos a comer, a hablar, y —como en los viejos tiempos— a cantar. Compartimos todo lo que Dios había hecho en nuestras vidas en todos esos años de distancia.
Y ahí, en esa mesa, pasó algo que no esperaba: entendí un poco más a Dios.
Mientras charlábamos, sin buscarlo, me vino a la mente la parábola del hijo pródigo. A ese padre no le importó dónde había estado su hijo, ni qué había hecho, ni por qué se había ido. Lo único que le importaba era que había vuelto:
“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lucas 15:20).
No pregunta. Corre.
Y pensé: si yo, un hombre limitado, sentí tanta alegría al reencontrarme con un amigo después de cuarenta años, ¿cuánto más se alegra el Padre cada vez que uno de sus hijos vuelve a Él? Esa fue la pregunta que no me pude sacar de encima, y de ahí nació la canción.
Porque así es Dios con nosotros: nos deja ir cuando nuestra dureza de corazón nos lleva lejos, pero jamás nos suelta la mano del todo. Nos espera. Sabe que, tarde o temprano, volveremos. Y cuando eso pasa, no hay reproche esperándonos en la puerta. Hay una fiesta.
Porque hay una fiesta. Lyrics (Gabriel López Molina)
Cuarenta años de ausencia,
hasta que nos volvimos a ver
con el rostro que el tiempo cambió
pero el alma sin envejecer.
No hizo falta un nombre,
no hizo falta explicar,
el abrazo dijo todo
lo que el tiempo no pudo borrar.
Nos sentamos a la mesa
como quien vuelve a nacer,
y entre risas y comidas
volvimos al tiempo de ayer.
Cantamos las mismas notas
que cantábamos los dos,
y en cada nota cantada
había mucho de Dios.
Y entendí, sin buscarlo,
lo que nunca comprendí
por qué el Padre en la historia
corrió al verlo venir…
Porque hay una fiesta
cuando un hijo vuelve a casa,
hay un Padre que corre
antes que el hijo diga nada.
No pregunta por los años,
no pregunta por lo que ha pasado,
solo abre bien los brazos
y se alegra que al fin el haya llegado
Yo también fui ese hijo
que anduvo lejos de hogar,
pero ese día entendí en esa mesa
lo que es volverse a encontrar.
Si un amigo me hizo llorar
de alegría, al volver,
¿cuánto más se alegra el Padre
cuando tu y yo volvemos a Él?
No hay distancia que no acorte
el amor cuando es real,
no hay años que separen
lo que Dios quiso sellar.
Y si hoy mi alma está en fiesta
por reencontrarme con un amigo,
imagino la del Padre
cada vez que un hijo es recibido.
Porque hay una fiesta
cuando un hijo vuelve a casa,
hay un Padre que corre
antes que el hijo diga nada.
No pregunta por los años,
no pregunta cómo fue,
solo abre bien los brazos…
y hoy entiendo bien por qué
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